Un día con Tutuaba (flor de la Sabana)

Tutuaba trajo leña, puso las tulpas (piedras para hacer el fogón) y atizó el fuego. La noche anterior había llenado los moyos con agua para preparar los iomza bun (bollos de maíz) y la mazamorra con ají. La chicha ya estaba lista, hacía tres días que la habían dejado reposar en el cuenco, era el momento de consumirla, si no, se agriaba. Sus hermanos se levantaron para ir de cacería y su madre estaba colando la quinua y guardando el agua que utilizaban para bañarse y lavar la ropa. Muysca cho, su padre, había ido con varios de sus vecinos para intercambiar mantas, por algodón, colorantes y sal, al mercado de Zipaquirá. Era un viaje largo y tortuoso pero llevando la chicha, el biohote (borrachera) los pondría muy contentos de ida y vuelta. La comida estaba lista. Este momento tenía gran importancia para su familia pues recordaban a Chiminigagua-La luz esplendente de la Pulpa Dorada, la única cosa grande y alumbrada que existía en el gran vacío que antecedió a la creación; y aprovechaban para organizar sus tareas e informar a Tutuaba que habían aceptado a su pretendiente Suanem.


Tutuaba, hemos hablado con Muysca cho y creemos que es un aquyne quypcuas sugue (un gentil hombre). Sabemos que ustedes se han hablado y en las fiestas de la siembra y cosecha se han juntado. Prepárate para ir unos días a la casa de él. Debemos organizar el casamiento con el Jeque Chiguazuque - dijo su madre.


Tutuaba abrazó a su madre y hermanos. Chiminigagua la había escuchado, Suanem era de su gusto. Después de limpiar el bohío, lavar y recoger los totumos, salieron a mirar su huerta para ver cómo iban las plantas de arracacha, maíz, fríjol, ají y quinua. Afortunadamente no había caído ninguna helada.


Se estaba llegando la hora del baño del medio día y toda la aldea se encaminaba a uno de los estanques que había cerca, con sus totumos y el agua de quinua para bañarse. Al sumergirse en el agua gélida, recordaban a la diosa Bachué cuando salió con su hijo de la laguna de Iguaque. Ese día el agua estaba especialmente fría, los niños no lograban habituarse todavía a esta costumbre ancestral. Su llanto le recordaba a Tutuaba el momento en que sus hermanos habían llegado al mundo. Todos de manera ordenada regresaban a sus labores, las mujeres a sus telares, algunos hombres a pintar las mantas; otros a deshierbar sus huertas; algunos a salar las carnes de venado y conejos; y los niños a ayudar a sus padres. Todo ésto enmarcado por el azul intenso del cielo; la ondulación de las espigas de maíz y los cánticos de las mujeres. Esta paz y armonía entre la naturaleza y el pueblo de Tutuaba, no debía cambiar.


Un día Tutuaba subió a la montaña para recoger plantas medicinales, le encantaba mirar desde la parte más alta toda aquella planicie bordeada por los cerros con formas que semejaban a la antigua princesa Juaica y a su enamorado Majuy, de pronto un reflejo de luz llegó a sus ojos, unos seres resplandecientes se acercaban lentamente a la aldea. Bajó la montaña para avisar a todos, ninguno se había percatado de su llegada. Se acercó al tambor que tocaba uno de sus hermanos en señal de advertencia.


¿Qué eran?¿ Dioses?- pensó Tutuaba. Aquellas figuras de dos cabezas y cuatro patas atravesaron el cercamiento y se fueron parando en fila sin tener cuidado de dañar las huertas que estaban al lado de los bohíos. Tutuaba tuvo un mal presentimiento cuando vio que pisoteaban con sus patas las siembras de su gente.


Por: Pilar Urrea

Maestra face


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