Breviario de los maestros

Explicar algo a alguien es demostrarle que no puede entenderlo por él mismo.

Jaques Rancière


Siempre es una necesidad del maestro tener una relación con los libros, los artículos o el saber, pues el saber ha sido la forma legítima que aseguramos de estar en una comunidad de conocimiento y, por lo tanto, que asegure el título de ser un maestro, un educador o un experto. Sin embargo, desde mi llegada a FACE, las cosas no han funcionado de la misma forma, he llegado incluso a tener que repensar la forma en que he percibido mi rol como profesor, la educación que tuve y la relación con los estudiantes que, al día de hoy, me siguen enseñando más de lo que yo les he podido ofrecer. Por aquel motivo, este artículo, es una forma de contar mi experiencia entre lo que he vivido de FACE, como lo he apropiado, y la educación tradicional que tuve.

En mi antiguo colegio, era necesario imponer respeto, en un salón con cuarenta y cinco estudiantes, manejar la creencia sin reflexión sobre la soberanía en un espacio donde al lado del tablero, en la parte superior, estaba el profesor, y, por otro lado, en la parte inferior, los estudiantes; las jerarquías de la palabra nos avisaban que lo que el profesor decía, no era sólo un conocimiento que se ponía en el aire, sino también, una orden o un orden que debíamos seguir para acercarnos a las esferas más elevadas de quienes tienen el conocimiento.

Veníamos en manadas, a un lugar donde el conocimiento descendía a los oscuros alumnos (sin-luz), que se acercaban al maestro para culturizarse versadamente sobre la percepción del mundo, sobre cómo relacionarse con los demás y con ellos mismos. Era en ese peculiar lugar donde entendí que había que conocer para comprender y teníamos que entender para cambiar las cosas. La gran idea de la educación que tuve, por lo tanto, era la de escalar sobre las ramas de una república, en la que cada quien se piensa desde el espacio que se merece y para escalar, se deben absorber los conocimientos para cambiar el rumbo de las cosas.

Ese gran edificio del saber, suponía, con esfuerzo y disciplina, construir piso tras piso, los elementos de una torre que nos permitiera aclarar la bruma del mundo y las vicisitudes de la vida, como si el saber fuera el faro que nos guiaría a vivir en comunidad o sobrellevar los problemas de la comunidad. Son las ideas de toda una generación, de la que hemos seguido llegando a la universidad para reclamar los títulos que nos seguirán permitiendo escalar en esa gran torre del conocimiento, del poder sobre las cosas, sobre el mundo y sobre las personas, un breviario de los expertos.

A pesar de todas las inercias sociales que me disponen como un maestro, llegué a FACE. Un lugar en el que, al principio, se me dijo que no podía dar una cátedra, en el que no había tareas, cursos o notas de calificación. Un espacio donde los estudiantes, se autogestionan continuamente y coevalúan el desempeño de sus compañeros, un espacio, donde los profesores no son profesores, sino mediadores en un proceso que parte de necesidades y preguntas propias de los estudiantes, y no de un esquema directo, en el que algún tipo de conocimiento imponía su gobierno sobre los ignorantes.

En la visión de FACE, empecé a descubrir muchas cosas, una de ellas, que aquella torre del conocimiento, cuál torre de babel, no se hacía para alcanzar el saber en las nubes más elevadas o espacios más hieráticos, sino todo lo contrario, para bajar el cielo a la tierra, para que el conocimiento baje a suelo humano y le responda las motivaciones personales, porque la primera cuestión en FACE, es la de cuestionar cualquier saber.

El choque parecía inminente cuando entendí que mis saberes no me ponían por encima de nadie, que la filosofía del colegio, apunta a querer, porque cualquier tipo de persona es un saber y si todas las personas son iguales, todas las inteligencias son iguales. La propuesta de FACE, por lo tanto, es la de generar lo que en filosofía política se denomina una comunidad política, un estado democrático directo, en el que las ideas de autonomía, igualdad, expresión y convivencia dentro de lo justo, hacían circular las preguntas sobre los disensos dentro de los consensos, como lo nombra un filósofo que aportara algo al caso, de la siguiente forma:


El primer remedio a la “miseria del mundo” es sacar a la luz la riqueza que conlleva. Porque el primer mal intelectual no es la ignorancia, sino el desprecio. El desprecio hace al ignorante y no la falta de ciencia. Y el desprecio no se cura con ninguna ciencia sino tomando el partido de su opuesto, la consideración. (RANCIERE. 2013)


Pero ¿a qué van ideas tan elevadas que de cierta forma son tan difíciles de precisar?, justamente a preguntar, a motivar la duda sobre lo que es concreto o inamovible, porque son las pasiones, las motivaciones que empujan un saber envuelto con cierta sensibilidad lo que implica una experiencia con las cosas, un abrirse al mundo para afectarlo y dejarse afectar, pero también para convivir con él, a sabiendas que las motivaciones que empujan a los demás son iguales a las mías, y que en lugar de pensar que el conocimiento nos va a transformar, se trata de aprender que si podemos convivir en ese querer o en ese poder ser, los puentes entre personas, la empatía, inclusión o aceptación permiten el ejercicio sano de una pluralidad, en la que podemos escuchar y ser escuchados a quienes no piensan igual o son diferentes, para suprimir el odio.

La transformación tan fuerte que debía pensar, venía, por lo tanto, en creer que la verdadera ignorancia no es la falta de conocimiento, sino el desprecio, que el conocimiento no es un poder, sino la capacidad para conectar mundos distintos o diferentes y es en ese lugar, en el que veo a FACE, no como un colegio sino como una pregunta insatisfecha de la que todos podemos ser parte y al hacerlo, escribir cartas en secreto a la emancipación de personas que saldrán de un lugar siendo más autónomas, críticas y propias de sí mismas, frente a un mundo que, cada vez más, decanta lo que nos hace humanos.


Por: Camilo Rey Sánchez

Maestro face. Lenguaje Artes


Bibliografía


  • RANCIÈRE, Jaques, El Filósofo y sus pobres, UNGS/Inadi, Argentina. 2013

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